Quién decide en educación, o cómo promover lo que no se practica
La expresión “no tienen ni idea” circula sin restricciones por el habla pedagógica. Los que no tienen idea siempre son los otros. El asunto preferentemente ocurre cuando cambian las gestiones y sus agentes. Los salientes juzgan a los entrantes. Pero también ocurre en el interior de las escuelas y/o universidades, en los ministerios, en los gremios y en otros equipos de trabajo. Es ostensible entre los más experimentados.
¿De qué se jacta quien afirma tener idea? De estar cerca de la realidad, conocer el sistema educativo, disponer de un know how expeditivo y reivindicar incansablemente “la práctica”. Para saber es preciso darse un baño de realidad, embarrarse, conocer la cancha, recorrer las escuelas, etcétera. La duda (esa otra jactancia fundamental) aparece como un obstáculo o una debilidad. Los hombres de acción no pueden dudar.
Para este tipo de sabedor profesional es ociosa toda conversación sobre educación que no esté deliberadamente orientada a la resolución de problemas. Todo eso está muy bien —afirma— pero ahora pasemos a la realidad. Los que afirman tener idea, se disputan la realidad. Para quien dice tenerla, la realidad es lo que está cerca. Por eso acostumbra repetir —como quien realiza un importante descubrimiento— la conocida locución: no es lo mismo. En mi escuela, en mi distrito, en mi ministerio, no es lo mismo. Eso en mi escuela nunca pasa. Mi realidad es mía, no me la saquen.
Quien afirma tener idea acostumbra preguntar cosas del tipo: ¿cómo hace usted para estudiar, leer, ir al cine y escribir? A nadie se le escapa que el enunciado adjunto es: ¿cómo hace usted para perder el tiempo? La impaciencia que parece moverle el cuerpo obedece menos a la prisa que al carácter secundario del ejercicio intelectual; ejercicio que, como reconoce sin pudor, rara vez practica.
Mientras que los verbos que caracterizan a la tarea del intelectual suelen ser pensar, leer, estudiar y escribir, la tarea del tenedor de idea, consiste en hacer, decidir y resolver. Un gestor, por ejemplo, habla mucho por teléfono, se reúne y atiende demandas. Si la cuestión es leer, lee memos, diarios, digestos, resúmenes, artículos de divulgación. Si es escribir, escriben los asesores, que también leen. Si el verbo conocer es convocado es con la condición de que se dirija a la práctica, a la realidad y al contexto. Esos tres últimos términos no pueden faltar en el breviario lingüístico de todo gestor.
Mundo de las ideas. Hasta allí nada que no se conozca. No soy de los que creen que al mundo lo cambian los filósofos ni de los que rechazan la experiencia, el saber hacer, la política. Si bien el mundo no es sin ideas, no creo en la preeminencia del mundo de las ideas. Como todos, he dormido plácidamente escuchando ideas. Como a muchos, me resulta por momentos incomprensible el esfuerzo deliberado que algunos intelectuales hacen por ser incomprensibles. No creo que el pasaje de la filosofía a la política sea un pasaje necesario. No creo que un intelectual esté más cerca de la verdad o de la realidad. Tampoco creo que para cambiar el mundo sea imprescindible ir a la escuela o a la universidad. Tengo una profunda admiración por la inteligencia (cuando no envidia) en todas sus formas y sé que no se garantiza con certificados y títulos. También admiro y envidio la acción y sus hombres.
Me pregunto otra cosa: Quien decide en educación ¿debería tener algún tipo de formación para decidir? ¿Debería ésta ser titulada? ¿Basta con la experiencia, con el conocimiento del sistema y del contexto, o con el haber recorrido? (recordemos que muchas veces la jactancia se mide en kilómetros o trayectos recorridos) Para transformar la realidad ¿basta con estar mucho tiempo en contacto con la realidad?
Supongamos que una persona educada (claro que cada época decide cada vez a qué llamar una persona educada) es la que accede a dosis mayores de conocimiento, instrucción, preparación, etc., generalmente (pero no siempre) obtenidas en instituciones creadas a tal fin: escuelas, colegios, universidades. Cuando promovemos la educación promovemos el estudio y la posible mudanza que eso puede significar. Cuando promovemos el estudio diseñamos un recorrido que conecta lo que somos con lo que podemos ser. Se estudia, por ejemplo, para encontrar ideas que ayuden a resolver problemas y permitan mejorar nuestra existencia y la de nuestros semejantes. Esa mudanza que supone toda educación requiere esfuerzo y estudio, más lectura y escritura. Con algo de ese mejunje en mente enviamos a nuestros hijos a las escuelas. Para que sepan desempeñarse en la vida, como se dice. ¿Qué separa a un educado de un no educado, en una época dada? ¿Quizás el número, la variedad y la calidad de las guías para la acción? ¿Tal vez el número, la variedad y la calidad de las ideas? ¿Hace falta señalar que las ideas no son sólo ideas y que no se matan tan fácilmente?
La clave. Comparto con muchos compatriotas la idea de que la educación es clave para nuestro estar en el mundo. Me dedico a estudiar con entusiasmo dispar algunas de sus aristas. Ahora, ¿se puede alabar lo que no se practica? Insisto. No me refiero al título. Existen numerosos idóneos notables. La pregunta es: ¿Tiene sentido elegir como responsables de la educación de las nuevas generaciones a quienes (con o sin razón) no estudian o han dejado de estudiar? ¿En el mundo educativo importan las ideas?
Si la duda es la jactancia de los intelectuales ¿cuál es la de los que no dudan? Ocurre que hay entonces cada vez más gente de acción y menos intelectuales, que es casi lo mismo que decir que hay menos gente que duda y más que sabe hacer las cosas. Sobre el poco o nulo impacto del trabajo intelectual en eso que se llama realidad, hemos escuchado tal vez lo suficiente. Pero ¿qué sobre la proliferación de los que saben hacer? Ahora que abundan los hombres que dicen saber hacer las cosas ¿nos va mejor? Mi preocupación se dirige al escrutinio de una paradoja y sus consecuencias. La paradoja de promover el estudio y luego, con o sin motivos, no practicarlo. Tal vez sería más útil expulsar del terreno educativo de una buena vez, a la luz del día, la molestia del que piensa, del que duda, del que no se precipita. Liberados de la carga del mundo de las ideas tal vez los hombres de acción podrán al fin cambiar la realidad. O no, al revés. No sé.